La lectura contemporánea de Mauricio García Lozano, en conjunto con la maestría de Philip Pickett, trasladó esta célebre ópera al «espacio postmoderno». No lo refiero en el sentido vulgar del término, mucho menos en la malsana concepción que los científicos clásicos tienen de la postmodernidad; más bien, este espacio al que hago referencia es el que se huele en cada lugar de occidente.
Esta obra se muestra mucho más atrevida (sin duda alguna); incluso, está equilibrándose en la línea que divide al erotismo de la pornografía, pero se muestra sin rebasar el límite que la convertiría en una escenificación de burdel. Así, se queda plasmada como una muy buena versión de la obra de Mozart.
Algunas arias impresionantes; un escenario de gran agilidad contemporánea; pero sobre todo, el reemplazo de la firgura paterna (entendida como figura de autoridad y castigo) por la figura misma de Don Giovanni, es decir, por la figura del yo; todo esto se conjugó como el sello específico que el Festival del Centro Histórico, entintado por el Teatro de la Ciudad, imprimió a un clásico de la ópera. Esta «lectura Narcisista» que se hace de Don Giovanni se presenta como el punto nodal, como la piedra de toque. Un poco degradada, desde mi perspectiva, por el hecho de presentar siempre al personaje observándose en un espejo (como si no fuera suficiente su actuar cotidiano); pero que, en otros ojos, funcionó para dar más al blanco. Sin embargo, en el climax, la muerte de Don Giovanni -la escena última (antes del final moralino)-, el espejo forma la parte central del argumento cuando todo se torna un estruendo caótico de música, movimientos y voces -salvándonos de forma magistral de una cacofonía visual- y, de pronto, una carcajada final nos abre la posibilidad de pensar no en un infierno dantesco, sino en un cinismo ético.
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